
Cuarenta días en la mar y cuatro en casa. Así años y años. “Eso no es vida” –me decía.
Así que a los cincuentaytantos, se jubiló.
“Me decía

Desde entonces se dedica a la pesca con caña y a hacerle la comida y los mandaos a su mujer.
Hace años no había problemas, iba a pescar todos los días, pero ahora donde quiera que se pone lo echa la policía portuaria. No le dejan pescar con caña aunque tenga todos los permisos en regla.
-¿Usted qué quiere que me tire en el sofá y me muera? –le preguntó al policía portuario de turno- Pues no me voy.
-Pues le tendré que echar una multa.

-Pues écheme cuatro y así se ahorra venir los cuatro próximos días.
El policía se fue aburrido.
Habló con el alcalde, vino una autoridad de Madrid que les prometió 200 metros para que los jubilados pudieran pescar (200 metros que nadie sabe dónde están).
-Yo no me voy a ir -le dijo a otro policía- Me tendrá que llevar esposado.
Y también lo

Pero ya va mucho menos. El hostigamiento es tal que están pudiendo con él. Aún así trae tantos pescados a casa que la familia ya no los quiere. Yo he comido muchos de ellos. Uno, cuando lo eché en la sartén se pudo a nadar en el aceite.
Se llama Luis, como todos los buenos.
Y no le dejan pescar.
Y se le nota en la cara
